Artistas sin Fronteras

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“A ti, mujer, a ti madre...” // “NoA”

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“A ti, mujer, a ti madre...”  

 

 

Engendra  en  tu  vientre

una  nueva  vida,

fruto  de  un  amor.

Moldea  con  paciencia  todo  su  ser.

Mímalo  en  tu  interior

Porque  es  tuyo,

tuyo,  y  de  él,

ese  hombre  al  que  quieres, que  amas...

Deja  que  de  patadas,

que  hinche  tus  tiernas  carnes,

pues  no  hay  dolor  más  agradable

que  el  que  da  un  feto  a  su  madre  antes  de  nacer.

Y  te  lo  digo yo,  yo  que  soy  hombre,

y  que  tanto  envidió  a  una  mujer.

Yo,  que  no  puedo  crear  una  vida,

aunque  si,

tomar  parte  muy  débilmente  de  ella.

Pobre  hombre,  infeliz,

tan  viril  y  sin  matriz.

Porque  tú, tú, hembra  preñada,

Sexo,  en  apariencia  débil.

¡Incrédulo  matiz!

Eres  la  reina  de  la  vida,

alfarera  de  la  carne,

bruja  de  pócima  secreta

que  durante  meses

vas  cociendo  en  oscura  caldera.

 

 

 

Tú,  que  le  proporcionas  todo,

aire,  sangre,  esperanza,  vida...

¡Y rompe  tus  entrañas!

¡Y rompe  las  calderas!

¡Y  rompe  en  llanto!

¡Y  nace  una  vida!.

Y  lo  separan  de  ti  por  siempre.

y  una  marca  en  tu  vientre

que   mantendrás  de  por  vida,

recuerdo  de  su  forja,

de  su  ser,  de  tu  hijo,  de  una  vida.

Y  vuelas  tus  sentidos  con  su  nombre,

al  más  bello, más  hermoso.

Si  nace  varón,  nombre  de  varón.

Si  nace  hembra,  nombre  de  hembra

El  más  hermoso  de  la  Tierra.

Porque  has  traído  al  mundo

una  nueva  mujer,

que  será  bella,

hermosa,  dulce,  airosa  y bonita.

Pero  ante  todo

y en  algún  lejano  día,

será  lo  que  tú  eres  ahora,

MADRE...

Lo  más  hermoso  de  la  vida.

Porque  Madre  fue  María,

Madre  lo  eres  tú  ahora.

 

 

 

Madre  lo  será  tú  hija,

Madre,  también  yo  tenía...

Alfarera  de  la  carne,

bruja  de  pócima  secreta.

Madre  de  madre.

Madre...

 

Antonio Berbís Fenollosa

 

 

 

“NoA”

 

“Cuando el ángel acude a tu llamada…”

 

Del infinito, al menos centígrado de un termómetro tétrico

donde el mercurio se refugia y encoge

cuál pecador juzgado culpable de ser inocente.

De ese témpano perplejo que anida a ser inerte,

al siamés de piedra helada y transparente.

A ese enorme glaciar, a ese cristal,

a esa molécula donde guerrea el bien y el mal.

Y desbarata al destino un milenio más la oscuridad

y a la luz mediante el mensajero de los tiempos.

Vienen, vienen y van.

Van a la transformación etérea,

a la imagen imperfecta y dudosa de la aureola

que completa a un cuerpo aparentemente inerte…

Y en ese cuerpo escogido entre millones.

 En un azar rebuscado fantaseará la imagen perfecta del bien,

 y como no, del mal, eterno mal… 

Y parirá con dolor su forma y se autotransformará en ser,

pero que ser… 

Y esos siameses que nunca han estado unidos

 se desgranaran cuál granada madura

y se dirán el adiós eterno pues el hombre los llama,

 y comenzará la lucha.  Infinita lucha entre el bien y el mal.

  Entre el ángel y el ángel.  Entre el hermano y el hermano.

 Donde fueron uno, un solo ser.

  Un solo bien y un mal que se alejan,

que se rompe su cordón, que él hombre ha llamado

y su fin han de cumplir. 

Comienza la guerra… El hombre ha de sufrir…

Y el mal.  Es mal dulce y amargo.

Arrogante y penetrante

con mirada de celo lujurioso y pretencioso,

de ansia rica que me da vida para luego arrebatármela

 donde me araña y estruja cuál garra de diablo

y parte en dos mis entrañas de humano…

 ¡Dolor!, ¡pasión!.

Y el silencio a gritos infinito

 castiga mis tímpanos entre ayees y lamentos,

cuando la tristeza tizna mi rostro a brochazos sin tregua,

y el miedo que atormenta neuronas,

 amaga en recónditos secretos el que hacer a una vida,

a pura sangre, a puro hierro…

¡Quémame…!

¡Aquí!, en la inmensa celda de un universo diminuto,

  infinito, pobre ángel que te sientes solo,

imperfecto como tu propia causa de maldad

que muerte eres, muerte… 

Fijas rumbo incierto en tu camino inseguro,

 certero, danzando la danza macabra

unísono del tambor de tus huestes de locura,

arropado en ese manto que te dejan

 los huesos descarnados de las ánimas

que en pena que te adoran.

Y tú, que te jactas de lastima,

 incoherente ante las siluetas imperfectas,

 de pureza de un mundo virginal y blanco,

mientras buscas consuelo en estas,

 frías figuras inertes que guardan en su interior,

 los corazones más ardientes jamás conocidos por ti,

 ser de alas negras y piel roja

 de mirada perdida y profunda,

de aliento fétido y gemido gutural…

 

¡Vuelve!. ¡Vuelve a tu cubil andrajoso rey de la oscuridad!.

 Adopta ahora tu primogénita postura fetal

 queda por los siglos congelado en esa nevera,

 de  tantas pasiones prohibidas,

 mientras congelas de nuevo tu negro corazón

y junto al blanco marchito del hombre,

 hasta que vuelva a desear de tu oscuridad,

 ya que, pronto llamará de nuevo,

 a tu helada puerta del amor y odio…

 

Quedas en la esperanza oscura,

 cuál ave de rapiña en esa espera a contraluz,

 en busca del alma débil e ingrata

esa que confía en su propia suerte. 

Caminas en sendas abruptas,

 en sentidos ilógicos,

dando pasos inciertos y confusos,

tan solo buscas lo que eres,

 y para lo que has sido creado,

Por el propio hombre,

 ángel negro, dolor, dolor…

Abre ahora tus alas de miedo.

Surca mares revueltos entre gigantescas paredes de viento,

lluvia, rayos, gritando aullidos de poder mágico.

De un eco a fuego sellado que grita al silencio

de tu oído la llamada del retiro,

a tu emergente panal perfecto del olvido,

y guarda en ojos negros la patética imagen

de aquel  hombre desecho,

con susurros de lágrimas,

suplicas y lamentos…

¡Y Tú! Ángel bello…

Dulzura que transmites luces cegadoras,

 tan intermitentes como densas.

 Que arañas con tus dedos la sinrazón

 de la imagen a través de un cristal.

 Ese cristal que lames en la transparencia del cuerpo,

que lates corazones presos,

 en sentimientos posesos pero que quieres libertad.

 Libertad de un poder.

 Poder de amor.

 Amor de niña, de mujer, de madre.

 Amor de madre.

Lame la pasión del fuego prohibido

 mientras la lágrima del querer

 emborrona el rostro pueril del amanecer helado,

 en esa,  tu helada nevera blanca,

 en tu incubadora fría de piedra…

 Y te confundes en el miedo

al andar a ciegas con tus ojos abiertos,

 no viendo más que lo que el alma te deja ver.

 Y arrojas a tus pies la senda,

Esa senda por donde te quiere llevar,

 al destino fijo del bien,

en que el hombre reclama a cada ángel derecho.

 A ese ángel dormido en cada hombro,

Más allá del bien, y del mal…

  Y que quiere, se relame,

se deleita y gusta de ignorar…

 Pero que te llama a gritos en silencio.

 Se derrumba en su hombría ante su soledad,

 y te aúlla en la negra noche, y hombre.

 Que te sientes más niño que nunca,

 y sabe de ti, ángel, ángel, ángel…

 Y cuando aquella lágrima de macho

 lucha y lucha por NOA dejarse caer,

por NOA rodar en poblada barba de días perdidos,

por NOA surcar las arrugas de rostro de hierro,

y es cuando apareces Tú, mi ángel bello,

 y por tu cornea en venas ensangrentadas

con el abanico de sus pestañas en el vaivén de pasión y euforia,

 retuerce su muñeca con la gracia de una niña,

 y empuja con fuerza esa lágrima

hasta el mismísimo mentón del macho llamado.

Ahora NOA…

 Mueca que sonríe,

 aparece en dolido rostro con satisfacción agotada,

en paz, en saber del que estas ahí… NOA…

Que gracia de duro macho, ángel. Negro ángel…

Bello ángel…

 ¿NoA…?

¿NoA…?

 

 

Antonio Berbís Fenollosa

 

Actualizado ( Martes, 08 de Marzo de 2011 08:10 )  
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